sábado, 11 de mayo de 2013

Capitulo 6

     Después de varios minutos en sus brazos, sin dejar de decirme cuanto me quería, cuanto me ha echado de menos, cuanto había crecido y muchas más cosas; consigo por fin separarme -sus abrazos son...¿cómo decirlo?, agobiantes-. Ha cambiado mucho; se le empiezan a notar algunas canas blanquecinas en su cabello marrón chocolate, las facciones de su cara están más marcadas que la última vez y se le nota cansada y sin vida. Siempre ha trabajado mucho, me acuerdo que desde muy pequeña mi tía se acostaba sobre las once después de un duro día de trabajo en la granja para levantarse al día siguiente muy temprano para trabajar igual de duro o más que el día anterior, y así siempre; incluso cuando Hugo llegaba tarde a casa, mi tía se quedaba hasta muy tarde a esperar a que el regresase. Siempre ha sido, es y será un gran ejemplo en cuanto a luchar en la vida. Su frase favorita es "El mejor premio que ofrece la vida es entregarse a fondo en un trabajo que valga la pena". Ahora es cuando me arrepiento de no haber venido antes.
     -Sigo sin creérmelo, tú, aquí, después de ¿cuánto? ¿Uno, dos,..?
     -Tres años -le interrumpo- Lo siento, debería haber venido antes.
     -No pasa nada, las puertas de mi casa siempre estarán abiertas, tanto para ti, como para tú hermana- sonríe y me mira fijamente.
Siempre me ha encantado su sonrisa, tan expresiva y llena de... felicidad; aunque no haya tenido mucha suerte en la vida como para estarlo.
     <<Cuando se quedó embarazada de Hugo, le detectaron cáncer y los médicos no paraban de advertirles que abortara (aunque estuviese prohibido por aquel entonces), decían que era muy arriesgado, que podía morir  pero ella aun así lo tubo. Hugo nació prematuro de siete meses y peso dos kilos y medio, era fuerte, bastante llorica y muy sano. Después mi tía empezó con la quimioterapia y un mes después el tumor desapareció y todo volvió a la normalidad; diez años después mi tía volvió a quedarse embarazada de gemelos, pero hubo problemas y fallecieron los dos; uno en el parto y otro estaba tan de vil y enfermo, que no aguanto ni dos semanas en este mundo. Y luego el accidente de su hermana (mi madre)>>
     Mi tía nunca lo supero; con todo lo que ha ocurrido y aun así, tiene fuerzas para sonreír y seguir a delante. Siempre he pensado que esa es la razón por la que a Jenna y a mí nos trata como si fuésemos sus hijas; para poder seguir adelante.
     Empezamos a caminar hasta que llegamos al picadero (no esta tan encharcado como creía  aunque los último días haya llovido bastante), me empiezan a entran ganas de empezar a montar ya, y por culpa de eso me empecé a poner hiperactividad.
     -Oye tía Alice...
     -Dime -me dice girándose hacía mí.
     -¿Y el tío Pablo?
     -Ha salido a comprar algunas cosas, no tardará en estar de vuelta.
     -Vale, pues entonces voy a preparar las cosas.
     -Aun no me has dicho a qué has venido.
     -¿No es suficiente razón querer visitar a mi tía favorita?- quiero reírme por esta situación pero no estoy lo suficientemente motivada para hacerlo.
     -No, si es una buena razón. Pero...te conozco lo suficiente para saber que tienes segundas intenciones- hace una pausa y sigue- Anda cuenta, que a mí no me engañas- lo dice en un tono demasiado gracioso como para tomármelo enserio y por culpa de eso me empiezo a reír.
     -Vengo a buscar un lugar y necesito a Furia para encontrarlo- me calmo un poco la risa y le contesto forzada mente.
     -¿Y a dónde vas si se puede saber? ¿Y qué vas hacer en ese lugar tu sola- y hay empieza sus típicos interrogatorios.
     -Pues... a un sitio, y no voy a estar sola tengo a Furia- empiezo a poner un tono gracioso para picarla un poco.
     -Ja ja y ja, me parto. Él no cuenta como compañía, pero bueno... Aun no me has dicho que vas hacer.
     -Dibujar, ¿contenta?- empiezo a poner un tono enfadado (esta situación ya me cabrea, solo quiero irme), pienso mientras preparo todo.
     -Sí, y ya te dejo preparar todo que se te nota nerviosa. Aunque la verdad nunca entenderé porque te pones así siempre que hablamos de dónde, cuándo o qué dibujas.
     -Lo siento pero es un tema que nunca he querido tocar con nadie.
     -Vale lo pillo; te acuerdas de donde está la cuadra de Furia, ¿no?
     -Si, al fondo a la derecha.
     -Eso es, ten cuidado vale.
     -Lo tendré, siempre lo tengo.
     -Es cierto, bueno, adiós que te lo pases bien.
     Se marcha y me deja sola, doy una vuelta sobre mi misma y aspiro el aire fresco y puro. Siempre me ha encantado este sitio; el aire puro y limpio, el sol pegando con fuerza oscureciendo mi piel, un paisaje claro y luminoso con todo su esplendor. Las yeguas con sus potros en el cerco de afuera, madre e hijos juntos; el gallinero rebosantes de gallinas con sus huevos y los gallos al lado con sus quiquiriquí matutinos. Los perros paseando de arriba abajo; Guguel siempre a su bola y Lola con sus cachorros (no tan pequeños como antes). A la cabeza una labradora negra como el carbón llamada Niní (la más mayor de todos); detrás Pach de un color marrón chocolate y con ojos azules (sus ojos azules, siempre los mejores); luego Dos, porque tiene dos manchas alrededor de los ojos de color negro destacando siempre con su cuerpo de color canela; y por último a la cola, Simba, un labrador demasiado juguetón de color negro y su cola siempre hacía arriba lleno de felicidad. Menuda camada, no recuerdo ni un solo momento en el que no hayan estado conmigo jugando.

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      Después de un rato colocando todo lo que necesito (la silla, el cabezón, casco, botas...), me dirijo al picadero en dirección a las cuadra de Furia. De camino me quedo pensando en un montón de cosas; ¿me reconocerá? ¿Seré capaz de montarlo después de tanto tiempo? ¿Qué hago si no puedo montarlo?; tendré que coger otro caballo seguro, la cuestión es cual. Pequeño Tío, Avellana, Alegría... ¿Cuál? Para mi elegir es muy difícil, siempre lo ha sido. Por fin llego a la puerta de con el nombre de Furia y la abro; lo primero que me encuentro es a él, mirándome fijamente y me quedo pensando cuanto a crecido y lo que le he echado de menos. Se va acercando poco a poco, hasta que al final posa su frente suavemente en mi mano; le acaricio y le pongo el cabezón de cuadras con mucho cuidado para que no se asuste, lo saco de su cuadra y lo llevo afueras.

      Le he echado demasiado de menos y se le nota que él a mí también por su forma de actuar; le ato en una valla y le empiezo a cepillar, empezando siempre por la cabeza tan y como le gusta a él. Mientras le cepillo escucho unos cascos de un caballo acercándose a mí; alzo la cabeza por encima de la grupa de Furia y visualizo la figura de un  caballo y su jinete. La sombra se acerca más y con eso pude distinguir a una yegua que me resultaba muy familiar; era Carioca, la madre de Furia, una yegua que hacía más de cinco años que no veía por motivos que no logro recordar; pero había alguien que también me era muy familiar y que hacía mucho tiempo que no lo veía.